El caminante y el infinito


«Al andar se hace el camino.»

Antonio Machado

El Camino

El caminante sigue su instinto y ya no necesita leer el mapa cada dos pasos para saber que está en el buen camino.

Los más sutiles detalles que habían llegado a hastiarle por repetitivos, y que antes desechaba buscando lo extraordinario, ahora le parecen auténticos tesoros. Cualquier recodo del camino se le antoja un destino.

Tiempo atrás quedaron los momentos de incertidumbre ante un cielo que amenazaba tormenta, o el sentimiento de angustia cuando necesitaba volver sobre sus pasos para recuperar algún objeto perdido; la tormenta pasa y lo perdido aligera la mochila.

El Sentido

El eco de las palabras de tantos compañeros de viaje, aún resuena en su cabeza.

Pero hay otra voz que cada vez escucha con más claridad y que en un principio había confundido con su propia voz, la de un compañero en cuya presencia no había reparado hasta que un día, vencido por el cansancio, se sintió perdido y sin fuerzas para continuar: ¿caminante qué harás si no caminas? -insinuó la voz- pues tu caminar es el camino.

Estas palabras no pronunciadas, le hicieron reflexionar y reanudó la marcha. En ese instante comenzó a vislumbrar un profundo sentido en cada árbol, en cada brizna de hierba y, en definitiva, en cada partícula de polvo del camino.

Ni un solo pájaro en el cielo ocupaba un lugar para el que no estuviera predestinado y todo el conjunto creaba una sincrónica danza. Un sentido se descubría y se proyectaba desde más allá del mundo hasta su alma: aquel sublime e irrepetible fragmento de belleza existía por y para él.

La Vida

En ocasiones le acompaña una renovada sensación de ligereza. Un estado de paz impregna sus pensamientos y energiza su cuerpo. Su mente, en franca retirada, se refugia en algún recóndito e inédito lugar de su alma para contemplar el flujo cristalino de la vida.

Ningún vórtice de sensaciones o emociones obstruye el incesante devenir del ser y la vida va surgiendo ante sus ojos como una sucesión de prodigios.

Ya no se detiene por las inclemencias ni por los obstáculos que encuentra durante su viaje. Tiene el absoluto convencimiento de que algo le guía, una fuerza que, de forma paulatina, se va manifestando más nítida hasta que, con el tiempo, se desvele como su naturaleza primigenia.

Eso le hace sentir que forma parte de algo mucho mayor que él mismo, algo que cuida de él y que jamás lo ha abandonado ni lo abandonará.

El Padre

Al creador de un universo, sólo le queda la opción de la humildad. Un ser capaz de crear toda maravilla, debe saber que enorgullecerse en vano, siendo el único creador de universos es, poco menos, que una insensatez.

Ese ser humilde y entregado, no necesita fabricar los ladrillos con los que construir el mundo, sino que lo hace surgir de sí mismo. 

Transforma sabiduría en carne mortal y esconde en su seno su propio hálito eterno. Transmutar alma en corazón lleva tiempo y al alma tiempo le sobra, pero el paranoico corazón, expectante ante su próximo latido, se agita inquieto y sólo comprende a medias.

La Sabiduría

Ningún conocimiento es sabiduría: ningún concepto puede hacer germinar una semilla, ninguna idea puede hacer girar un planeta.

No obstante, esa sabiduría ha cruzado como un relámpago, las edades de la humanidad a lomos de la palabra. Ha clamado desde insondables simas y sublimes cumbres, pero nunca ha cesado en su empeño por hacerse carne.

La sabiduría se abre paso a través de la incertidumbre de la forma, sedimentando durante eones, un universo. Pero, ¿con qué fin?

Un espíritu que existe de forma absoluta, no necesita nada porque de nada carece. Es el ser pleno, sin partes, pura existencia, eternidad. Es la identidad suprema y trascendente.

Es el Padre de todo. Un Padre que a cada instante eleva el mundo hasta su propia estatura, lo abraza y lo acoge en su seno intemporal en un acto de profunda compasión. Nada queda atrás que haya sido olvidado por Él.

Ningún habitante del pasado nos pertenece. Están a salvo, esperando que los alcancemos en la eternidad.

El Mundo

Pero para el caminante aún no es tiempo de regresar, debe hollar nuevos senderos. Lejos de casa, no hay lugar al que pueda llamar suyo.

Desarraigado, asume no el camino, si no el acto de caminar como su única posesión.

Nada material le pertenece e incluso su propia naturaleza humana parece elevarse en la atmósfera del atardecer hasta desvanecerse. No hay caminante ni hay camino, sólo un caminar despreocupado sobre un abismo insondable. 

No siempre fue así. Amó sus pesadas cadenas durante mucho tiempo. Se embriagó con el néctar de mil sabores. Su intelecto le ofrecía todo cuanto creía necesitar. Le mostraba el mundo como un espacio virgen que debía ser explorado hasta agotarlo, y él lo creyó.

Inmerso en el estrepitoso escenario que la mente construía, no escuchaba el rumor de Consciencia que fluía profunda; indemne ante los embates de la turbulenta superficie.

La Consciencia

Pero allí, en lo profundo, se gestaba algo que, llegado el momento, anegaría el paraíso virtual de la mente. El flujo de Consciencia le acunaba cuando las circunstancias le superaban y se resquebrajaba la cáscara del yo impostado.

Entonces la razón, incapaz de contener el torrente de vida que brotaba desde el interior, cedía y le permitía observar el mundo desnudo. Y éste era bello y pleno de sentido, eternamente idéntico a sí mismo, pero de formas siempre renovadas.

Una felicidad incondicionada afloraba en su rostro e iluminaba a todos los que le rodeaban. No obstante, la mente seguía tejiendo la telaraña en la que el caminante quedaba atrapado y de nuevo, volvía a caer en el profundo sueño de las apariencias.

La Carencia

Toda la extensión del cielo nocturno, que al caminante tanto le estremecía contemplar en las noches despejadas, aparece ahora como una hermosa expresión más de la carencia.

Nada hay en el cielo que pueda salvar lo que hay en la tierra. Nada en la tierra que pueda colmar el vacío interior. Ese vacío, que en ocasiones amenaza con crecer hasta anegarlo todo, no es más que una sombra y por eso no puede ser apresado.

El caminante ya no huye de él, no se paraliza ante la oscuridad que inunda sus ojos cuando la noche cubre el camino. Asume las sombras, pero no por ello renuncia a la luz de un nuevo día. Sigue adelante y, con ánimo templado, busca refugio.

Sabe que es sólo una noche más y que ésta también pasará. Ha aprendido a no intentar aferrarse ni rechazar ningún punto del trayecto. De esta forma, el caminar se vuelve sorprendentemente liviano.

El Regreso

Poco a poco va intuyendo que exponerse a los rigores del viaje es un acto libre y aceptado: todo sufrimiento está asumido desde el propio origen.

En realidad, es el caminante quien decide iniciar la odisea vital, sabiendo que será una travesía expiatoria y purificadora.

Asume vivir la vida como un sacrificio en el que, al final, tan sólo se entrega el miedo, la carencia y la soledad para retornar, ligero, al Padre.

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