¿Cómo encontrar a Dios?


«Volé tan alto que a la caza le di alcance.»

San Juan de la Cruz

Encontrar a Dios como la Vida sin límites

Para encontrar a Dios no es necesario buscarlo fuera de este momento y de este lugar, es más, ni siquiera tenemos que salir de nuestra propia consciencia, es decir, de nuestra sensación de ser.

Pero no podemos buscarlo como un objeto. No es posible definirlo a priori, porque la Consciencia sólo se define cuando se rebela.

Cuando se manifiesta, lo hace como la Vida ilimitada y eterna. La Consciencia está expresándose en todo a cada instante. Teje y desteje, constantemente, la trama de este mundo de apariencias, para crear la experiencia de la multiplicidad.

¿Quién es el que busca a Dios?

Dios está construyendo la realidad a cada momento. La creación no ocurrió en algún punto del pasado hace miles de millones de años, sino que es permanente y está aconteciendo ahora.

Al igual que las demás formas que pueblan el universo material, también crea todos nuestros contenidos mentales. Cada uno de nuestros pensamientos está siendo generado por la divinidad y en la divinidad.

Por lo tanto, no podemos encontrar a Dios como una idea o un concepto, porque toda idea y todo concepto están siendo generados por Él mismo. La creencia de que existe un ente individual que genera los pensamientos, es la causa de nuestra sensación de escisión de la Vida.

Encontrar a Dios significa reconocerse en él

Para «dar a la caza alcance» debemos dejarnos alcanzar por Él, convirtiéndonos en la presa. Cuando el individuo cesa de generar contenidos mentales y se centra en su propia sensación de ser, puede producirse el milagro.

La criatura se funde con el creador y su existencia flota libre en la superficie de un océano de aceptación y sentido.

El objetivo es dejarse alcanzar por la mente de Dios mientras genera este mundo de carencia. Sólo abandonando la implicación con la creación de este mundo -resistiendo la inercia– es posible reconocernos como un aspecto de la Inteligencia generadora del cosmos.

La relación es, entonces, posible y cercana, sin artificios ni éxtasis místicos; lo milagroso se vuelve cotidiano y viceversa. Surge la aceptación, pero no la resignación.

Ya no se contempla el universo como una realidad objetiva, si no subjetiva; y nos relacionamos con él no como objeto, si no como Sujeto pleno de sentido: nuestro Padre Eterno.

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